Bestias by John Crowley

Bestias by John Crowley

Author:John Crowley
Language: es
Format: mobi
Tags: cf
Published: 2010-02-04T00:00:00+00:00


Se llevaron a Painter a fin de ese mes, un día gris y muy frío en que los escasos copos de nieve flotaban en el aire como polvo. El plan de Barron era rodear a todo el grupo de leos, si era posible, y negociar un arreglo, llevándose en custodia al llamado Painter y disponiendo el desplazamiento de los demás, bajo vigilancia, hacia el sur, en la dirección general del Capitolio y los nuevos centros de internamiento. Pero ese hombre, Meric Landseer, había estropeado el plan. Él, y ese joven leo surgido de la nada. Debía haber sido una cosa sencilla, limpia, precisa: sorpresa, negociación, reinstalación. Se convirtió en una guerra.

Durante cierto tiempo, pareció que los leos estaban huyendo de ellos por las estribaciones de las montañas que constituían el límite norte de la Reserva. Barron decidió que si las montañas les impedían avanzar hacia el norte, podría lanzar hacia adelante a algunos de los suyos, rápidamente, y cortarles el paso con un desplazamiento en forma de C, mientras las montañas les cortaban la retirada. Pero cuando lo hizo, la lenta caravana giró súbitamente hacia el norte, hacia las laderas cubiertas de pinos. Sin embargo, a Barron le habían dicho que no les agradaban las montañas. Quizá Meric Landseer había influido sobre ellos.

Había un río, y más allá una súbita montaña. Abandonaron el camión y el carro junto al río. Se disponían a cruzar cuando Barron y el guardia rural se acercaron. Los agentes federales aguardaban, ocultos, con las armas preparadas. Barron llamó a los leos por un megáfono, imponiendo condiciones y ordenando que arrojaran sus rifles. Los leos no se movieron. El guardia rural, Grady, empuñó el megáfono. Gritó el nombre de Meric, le dijo que no se metiera, que no fuera un tonto y se alejase. No hubo respuesta. Las hembras, con obscuras batas largas, eran apenas visibles sobre la hierba parda y obscura.

Barron, hablando con calma pero con autoridad por el megáfono, y Grady, que llevaba un arma pesada y corta, como un trabuco, empezaron a caminar hacia el río. Los leos entraron en el agua. Barron se apresuró. Suponía que el más alto, el que llevaba ropas corrientes, era el que buscaban. Lo llamó por su nombre y ordenó que se rindiera.

Entonces vio por el rabillo del ojo una figura que se movía rápidamente entre el bosque, a la izquierda. Vio que tenía un rifle. Un leo. ¿Quién era? ¿De dónde había venido? Grady se arrojó al suelo, arrastrando a Barron. El rifle del leo disparó, con un sonido opaco, y luego se escuchó una aguda ráfaga disparada desde el sitio en el que los agentes se hallaban escondidos.

El joven leo pasaba de un árbol a otro, volviendo a cargar el viejo rifle, y disparando. Hubo un grito o un chillido detrás de Barron: alguien había sido herido. Barron alcanzaba a vislumbrar al leo cada vez que se atrevía a alzar la cabeza. El megáfono estaba caído a algunos metros. Se arrastró hasta él y lo recogió.



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